Donde no voy a volver

Hay un sitio oscuro, muy oscuro donde un día entré. Dice Laura Gutman que la maternidad viene con sus luces y sus sombras. Y yo debí coger todas las sombras juntas. Entré por el camino de la culpa y mi compañero de viaje era el miedo. Mucha culpa, mucho miedo. Y caí en la más profunda oscuridad.

 Me sentía culpable por no llegar a todo. No tenía la casa limpia, con toda la ropa planchada y la casa recogida, y a ser posible con olor a bollo. Casa salida de una serie americana. Y la casa estaba sin recoger, la ropa sin doblar siquiera, con todo descolocado y sin un ambiente preparado. Desde luego no se parecía a lo que yo deseaba.

Me sentía culpable por no ser la madre que prometí ser a mi bebé en el desprendimiento de bolsa que tuvimos en el tercer mes de embarazo. Prometí protegerlo y en el parto casi nos morimos, con mes y medio tuvimos que ingresarlo en el hospital fallando mi intuición de madre defectuosa. También era una blanda incapaz de darle el pecho, aguantando las tomas de una hora de duración y cada hora y media, día y noche. ¡Cuando el pecho es lo mejor para mi hijo! Y encima no siento por él ese amor incondicional que tendría que sentir, solo estoy deseando que se duerma o encerrarme en el baño para respirar un momento. ¿Cómo puedo ser tan pésima madre?

Tras seis años de carrera, que me saqué con sudores y lágrimas trabajando en un trabajo que me hacía muy infeliz y que encima me robaba el poco tiempo que teníamos juntos los tres. Encima la termino y ¿qué hago? Voy y acabo sin más. A los cuatro meses me incorporo a ese trabajo y empiezo a opositar en lo que se supone que me gusta. Mi marido se queda en paro y decidimos que espere seis meses a buscar trabajo y así yo sigo opositando. ¿Estudio algo? No. No logro estar concentrada, me disperso con mil historias y blogs sobre maternidad. ¿Cómo puedo ser tan desagradecida de que, encima de que dejan todo por mí, yo tiro toda oportunidad por la borda pensando en reinventarme?

Todas estas cosas no me las decía nadie. Las pensaba yo sola de mí misma. Caí en la más profunda oscuridad pero no me dejaba sostener y pedir ayuda. Y seguía en la rueda de hámster día tras día, cada vez más agotada, cada vez más perdida. Hasta que toqué fondo. Con solo 14 meses de Manu me quedé embarazada. Estaba exhausta. Para llegar al trabajo, tenía que hacer 45 minutos de ida y otros tantos de vuelta de autobús a diario, con un trasbordo y 10 minutos andando para poder dejar a Manu con la abuela, en pleno mes de julio, con 40° de media, esperas en las paradas, embarazada de 3 meses, vomitando todo lo que entraba en mi cuerpo y un niño de 16 meses, que odiaba el carro y el autobús.

Y todo estalló. Un 23 de agosto de 2016. Perdí el embarazo que esperaba. Y ahora sí encontré algo de suficiente peso para pedir ayuda. Me costó mucho, caí todavía aún más abajo pero me dejé sostener y acompañar.  De la mano de una de las mejores personas que he conocido en este mundo. 

Hoy sé qué sombras me habían acompañado: la culpa, el miedo y no quererme. No me quería, no me valoraba nada. Había olvidado, si es que alguna vez lo había sentido, la frase que no debemos olvidar nunca: tú eres valiosa solo por existir.

Afortunadamente, yo hoy sé qué me hizo entrar en aquellas sombras. Y sé donde no voy a volver. ¿Y sabéis por qué? Porque no se puede volver a la sombra si contigo llevas la luz del perdón y la compasión por ti misma, si contigo llevas el valorarte, que yo lo traduzco en autocuidado, y si contigo llevas la responsabilidad.

Sigo teniendo miedos, culpa y valorándome poco, y cuando vuelven a asomar y me enfoco en mis debilidades, me leo todas mis fortalezas y me repito este mantra: “soy valiosa solo por existir”. Y entonces, vuelvo a brillar, porque todos somos polvo de estrellas.

Y si alguna persona está en el mismo punto que estuve yo, que se repita este mantra, que todos deberíamos tener grabado a fuego: tú eres valiosa solo por existir. Créetelo, lo estás haciendo bien, lo estás haciendo lo mejor que puedes desde donde estás. Si hoy no ha sido un buen día, recuerda que los errores son oportunidades de aprendizaje, agradécelo, perdónate y mañana podrá ser un día mejor. No olvidemos darnos amor a nosotros/as mismos/as, como se lo damos al resto de personas.

La imagen que he compartido la tengo también en pdf. Os la adjunto aquí debajo.

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